Eran 23 horas del martes 21 de noviembre. Un joven veinteañero, Federico, vuelve a su casa en Santa Olalla después de pasar la tarde con varios amigos. Cuando está a sólo unos metros de abrir la puerta de la vivienda, donde se encuentran sus padres, de repente varias personas se le acercan por la espalda, le tapan la boca y lo introducen en un coche.

Dentro del vehículo, sus captores, tres hombres que rondan los 30 años, le vendan los ojos y lo amordazan. Son delincuentes conocidos en la zona: tienen antecedentes por extorsión, tráfico de drogas y lesiones. Dos son españoles y el tercero rumano.

Después de darle vueltas durante 10 minutos por los alrededores del pueblo, los hombres que retienen al chico le piden el teléfono de sus padres. Le confiesan que quieren llamarles para reclamar un rescate. Saben que el chico retenido procede de una familia adinerada y conocida de Santa Olalla.

Poco después, los delincuentes contactaron con la familia de Federico para extorsionarla: exigieron un primer pago de 45.000 euros a cambio de la libertad del joven. Los secuestradores llegaron a amenazar con matar a su rehén si se avisaba a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. La llamada apenas dura 30 segundos.

Una vez abandonado el rehén, sus captores siguen el plan urdido días antes. A las 3 de la madrugada vuelven a llamar a la madre del chico retenido. Le insisten en que tiene que pagar 45.000 euros y le dicen que tiene pocas horas de plazo para recabar dicha cantidad de dinero. “Volveremos a llamar por la mañana (…) No se os ocurra denunciar”, le aconsejan, aunque en ese momento la familia del chaval ya se ha puesto en contacto con la Guardia Civil.

La familia de Federico desoyó la intimidación y la Guardia Civil desplegó un nutrido dispositivo para liberar al rehén. No fue una labor sencilla, todo lo contrario. A Federico lo ocultaron en varios lugares, aunque el mayor tiempo de cautiverio lo pasó en un local abandonado que había sido un club de alterne (“Los Ángeles” a cinco kilómetros de Santa Olalla, junto a la autovía de Extremadura). Allí, sin que el joven sepa dónde está, estuvo recluido en penosas condiciones en el interior de un cuarto de baño, sin luz ni calefacción, atado de pies y manos, con los ojos vendados y amordazado. Sólo le dan de comer un trozo de pan duro y algo de agua.

A medida que pasaba el tiempo, la Guardia Civil sumaba más efectivos para liberar a Federico. El tiempo corría en su contra, ya que los delincuentes no eran unos principiantes. Con antecedentes penales por posesión de armas de fuego y tráfico de drogas, sus fechorías siempre se habían caracterizado por su extrema violencia.

El Juzgado de Instrucción número 1 de Torrijos se puso al frente de las actuaciones policiales de decenas de agentes de la Guardia Civil. A los miembros de Policía Judicial de Torrijos se unieron los de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de Toledo y el equipo de secuestros y extorsiones de la Unidad Central Operativa (UCO). También contaron con el apoyo de otras unidades especializadas en la detención de peligrosos criminales.

La tercera llamada, 12 horas después

La tercera llamada no se produce por la mañana, como habían dicho que harían los captores. Tarda en llegar 12 horas. El teléfono de la madre no vuelve sonar hasta las tres de la tarde del miércoles 22 de noviembre. En ese momento la Guardia Civil ya sigue el rastro de los delincuentes, que en cada llamada usan distintos teléfonos móviles y varían continuamente su ubicación para impedir que los agentes ubiquen el punto exacto en el que están.

Cuando recibe esa tercera llamada, la madre ya sabe qué debe hacer: la UCO le ha pedido que acuerde una entrega ficticia del dinero con los secuestradores de su hijo. El encuentro se produciría unas horas después, a mitad de tarde.

Sin embargo, los planes se trastocan cuando la Guardia Civil se percata de que los captores no acuden al encuentro, tal vez sospecharon que la Guardia Civil estaba detrás de ellos y abortaron el plan.

La Guardia Civil centró su búsqueda en un lugar entre Santa Olalla y la vecina localidad de El Casar de Escalona. Con las horas, logró cercar a los delincuentes, que finalmente liberaron a su rehén poco antes de las siete de la tarde en mitad del monte, a unos kilómetros de su pueblo. Al joven lo encontraron caminando solo en torno a las 19.15 horas de la tarde del miércoles 22. Había estado retenido 20 horas. Ya no iba con los ojos vendados. No sufría lesiones ni mostraba rastro de violencia alguno.

Estaba en shock, muerto de frío y con señales rojizas en tobillos y muñecas producto del roce de las cuerdas con las que lo maniataron. Antes de liberarlo le dijeron que no denunciase, que si lo hacía le matarían a él y a su familia, y que en unos días irían a cobrar el dinero que le habían exigido a la madre.

Poco después de encontrar al chico, la Guardia Civil detuvo a los secuestradores en un prostíbulo cercano que estaba cerrado pero del que tenían llaves. También registraron otros tres inmuebles. Se les incautaron 5 kilos de hachís y una pequeña cantidad de cocaína. También se les intervinieron dos pistolas, munición, varios miles de euros en efectivo y los tres vehículos con los que habían estado moviéndose.